El papel de los periodistas en medio de un conflicto bélico va más allá de la simple cobertura de noticias; se convierten en los ojos y oídos del mundo, proporcionando información vital desde las líneas del frente a la audiencia global. Se trata de un periodismo con amenazas que van desde la censura a los peligros propios de la guerra, pero que también pone de manifiesto la responsabilidad social de los medios de comunicación por su enorme influencia en la opinión pública, y por ende, en el devenir del conflicto.
Los peligros a los que se enfrentan
Los periodistas están protegidos en el marco del Derecho Internacional Humanitario por los Convenios de Ginebra de 12 de agosto de 1949 y los Protocolos Adicionales de 8 de junio de 1977, y especialmente el Artículo 79 del Protocolo Adicional I relativo a la protección de los periodistas que participan en misiones profesionales en zonas de conflicto armado. No obstante, Los periodistas de guerra operan en entornos donde la distinción entre combatiente y no combatiente a menudo es difusa, lo que los hace vulnerables a heridas, captura o incluso la muerte.
Según el Comité para la Protección de los Periodistas, numerosos profesionales de la información han perdido la vida en conflictos recientes, en especial en Gaza, donde a día de hoy se ha confirmado la muerte de 108 periodistas y trabajadores de los medios de comunicación: 103 palestinos, dos israelíes y tres libaneses. Estos números subrayan la naturaleza de alto riesgo de su trabajo, en el que, más allá de las amenazas físicas, los periodistas también enfrentan traumas psicológicos por presenciar e informar sobre la violencia y el sufrimiento. No obstante, pese a tener que preocuparse de su seguridad, es necesario que tengan presente su responsabilidad social y evitar difundir la propaganda creada por las partes enfrentadas.
Moldeadores de la opinión pública
La acción psicológica, la propaganda y el control de la información pública constituyen un factor fundamental en todo conflicto bélico. La propaganda es capaz de modificar un equilibrio de fuerzas a favor de quien mejor desarrolle sus técnicas, con independencia de estar dirigida al propio bando, al adversario o a los neutrales.
La primera operación de propaganda llevada a cabo por un gobierno se remonta al año 1916; Woodrow Wilson fue elegido presidente cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial y su administración había decidido que el país tomaría parte del conflicto. Debido a la actitud pacifista que caracterizaba a la población estadounidense, que no veía la necesidad de entrometerse en una guerra europea, se creó una comisión de propaganda gubernamental, Comisión Creel, que, en medio año, “logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán”, afirmaba Noam Chomsky en su obra Cómo nos venden la moto. A través de la difusión de información falsa se logró cambiar la opinión pública.
Desde entonces, se han sucedido diversas campañas de propaganda que moldeaban los conflictos bélicos; como en la Segunda Guerra Mundial a manos de Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, o tras los atentados del 11-S en 2001, donde se necesitaba un apoyo popular que permitiera el despliegue en Afganistán.
Partiendo de que no existe poder absoluto y de que para ejercer la violencia el Estado debe contar con el apoyo de la sociedad, la manipulación mediática se torna una herramienta muy eficiente. Es por esto que los periodistas y, sobre todo, las empresas de comunicación, debido a su capacidad de moldear la opinión pública, pueden convertirse en las armas más efectivas de un conflicto bélico.
Abogando por el periodismo de paz
A la hora de informar sobre conflictos bélicos se presentan dos perspectivas desde las que poder informar y que carecen de complementariedad: el periodismo de guerra y el periodismo de paz. Según el académico noruego Johan Galtung, el periodismo de guerra espera a que se produzca la violencia para informar y carece de contexto histórico. En su opinión, está orientado a la violencia/guerra, a la propaganda, a las élites y a la victoria. Por otro lado, el periodismo de paz explora la formación de los conflictos, humaniza a todas las partes y les da voz con empatía y comprensión; creando una información más equilibrada.
De este modo, los medios de comunicación se encargan del papel mediador en un conflicto y pueden ejercerlo utilizando un marco dicotomizado de “nosotros contra ellos”, carente de contexto y en donde se culpabiliza al “otro” y se justifica y defiende al “nuestro” a través de esfuerzos propagandísticos -periodismo de guerra-; o mediante la exposición justa y equilibrada de las falsedades, violencia y sufrimiento de todas las partes involucradas -periodismo de paz-. Este último permitiría a la población sacar sus propias conclusiones del conflicto bélico y ser más libre en la toma de decisiones.
El periodismo en tiempos de guerra es una profesión marcada no solo por los peligros del campo de batalla o el gobierno autoritario, sino que también encierra un alto grado de responsabilidad y ética periodística. Los profesionales de la información juegan un papel crucial en la documentación de los conflictos, moldeando la percepción pública e influyendo en las decisiones políticas, lo que les otorga el poder de escribir la historia.